El tiempo es esa abstracción que se llena de acontecimientos, y la presencia de restos humanos fósiles en la Cueva de Valdegoba nos hace pensar en un tiempo pasado, aquel que fue habitado por unos hombres muy, muy especiales, únicos, aquellos hombres que se supieron adaptar a las condiciones de un continente difícil y duro, el europeo, hace unos 100.000 años, los Neandertales.

La Cueva de Valdegoba de Huérmeces a mí no me decía nada en los años centrales de la década de los ochenta, a pesar de que en el Grupo existía precisa información sobre la misma desde al menos los primeros años sesenta, conocida también como las cuevas de Caín y Abel.

En 1986 Eudald Carbonell, me hablaba de una Cueva del Botijo en Huérmeces, que años antes había visitado, confirmando la existencia de un yacimiento Paleolítico que estaba siendo diezmado por las actividades de los furtivos. La Cueva del Botijo era, como ya todos habréis identificado, la Cueva de Valdegoba, una pequeña cavidad que se constituye en hito topográfico y toponímico de este pequeño valle del Úrbel.

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A finales de julio de 1987, tras la campaña de excavaciones de los yacimientos pleistocenos de la Sierra de Atapuerca, nos centramos en los preparativos de la nueva campaña de excavación en la Cueva de Valdegoba, para lo cual planteamos realizar una topografía de precisión de la cavidad, a escala 1:100, y la señalización de la cota cero de la excavación o nivel de referencia arqueológica.

El día 26 de julio estábamos replanteando la topografía de la cavidad cuando, en una de las medidas de las anchuras, Fortu retiró, del pequeño recodo central, unos huesos, unos fragmentos que a nadie habían dicho nada, unos simples huesos, cuando de repente mis ojos brillaron, mi garganta tartamudeó y mi cabeza procesó, a la velocidad que sólo los humanos podemos hacer, la confirmación de que esos simples huesos eran fósiles humanos, pero como la cabeza va mucho más deprisa que las palabras, la mente sabe lo que la faringe no es capaz de articular y de mi boca sólo se desprenden dos palabras: "¡Es auténtica! ¡ Es auténtica!"

Es la emoción, esa emoción que transmite locura y alegría: "Miguel, Miguel ¡es auténtica! Fortu abre la boca, abre la boca a ver tus muelas, son más pequeñas, más pequeñas. ¡Es auténtica!". La emoción era incontrolable, incomprensible para Fortu que no paraba de decir: "Estos científicos están locos, es sólo un hueso, un simple hueso".

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Lo que mi mente había reconocido era un fragmento de una mandíbula neandertal, y aunque nunca hasta entonces había visto una, era auténtica. No tenía mentón, era muy robusta y se parecía mucho a las mandíbulas y dientes fósiles de la Sima de los Huesos, además me la acercaba a la lengua y se pegaba, evidencia inequívoca de que era fósil.

Cuidadosamente, Miguel y yo, envolvimos el fragmento de mandíbula y la llevamos a casa, la envolvimos de nuevo en papel de aluminio y la metimos en el frigorífico, en la bandeja de la mantequilla. Llamamos rápidamente a Juan Luis Arsuaga, José Mª Bermúdez de Castro y a Eudald Carbonell, para darles, con el ánimo más reposado, la noticia, indicando las características del hallazgo y la posibilidad de que fuese neandertal.

Durante la campaña de excavación, que se inició el 3 de agosto, recuperamos además otro fragmento de esta misma mandíbula y algunos de sus dientes, que constituyen los primeros restos de los auténticos europeos en Burgos, correspondientes a un adolescente neandertal antiguo, de unos 13 años, de principios del Pleistoceno superior.

Las sucesivas campañas de excavación proporcionaron nuevos restos humanos, aunque escasos. Y durante la campaña de 1988, en una calurosa tarde de agosto, mientras la mayoría del equipo descansaba, yo estaba concentrada en las labores de selección del material fino, cuando, entre los diminutos cantitos y los huesos de microfauna y aves, vi la cara posterior de un diente de leche humano y no me lo podía creer, fue un momento especial, a pesar de que ya no era extraña la presencia de fósiles humanos. Llamé a Carlos Díez y demás compañeros, en esta ocasión no había duda, eran neandertales, tras este primer diente decíduo aparecieron otros hasta alcanzar un total de 10, con lo que desde entonces el triado se hizo más emocionante.

Estos dientes pertenecían todos a un mismo individuo, y nos hablaban de un niño que debió morir recién nacido o durante sus seis primeros meses de vida.

Esta campaña proporcionó además dos restos humanos más, un 4º metatarso derecho de un individuo inmaduro y un 5º metatarso izquierdo de un adulto. A estos restos fósiles se añadiría una 1ª falange de un 2º dedo de la mano izquierda de un individuo adulto, recuperada en la campaña de 1989.

Las excavaciones de la Cueva de Valdegoba han puesto de manifiesto la presencia de restos de fósiles humanos de al menos tres individuos, un niño de unos pocos meses de vida, un joven de unos trece años y un adulto, así como abundantísima fauna y un importante conjunto de industria lítica, encuadrada dentro de lo complejos industriales del Paleolítico medio. Estamos ante un grupo de cazadores principalmente de rebecos, y en menor medida de cabras, corzos, ciervos y équidos, de hace más de 73.000 años, aunque esta pequeña cavidad también fue guarida de importantes carnívoros como hienas y felinos, así como úrsidos, lobos o zorros.

Por último esta cavidad fue ocupada por los hombres durante las fases del Neolítico y la Edad del Bronce de la Prehistoria reciente.

 

Ana Isabel Ortega Martínez
Burgos. Junio de 2001